
Cuando apagaron la luz de su habitación supe que ya no lo vería más. Tía Carla me abrazó y me llevó hacia su automóvil, el rímel de sus ojos brillaba de forma extraña. Escuché que había sido inesperado, terrible, injusto y tan brutal como una pesadilla de la que todos deseaban despertar.
Tía Carla me sirvió un pedazo de torta de chocolate, insistió que debía ser fuerte y una buena niña. Le pregunté por mamá; respondió que volvería por la mañana. No pude preguntarle por mi padre. Me quedé dormida a su lado mientras me contaba historias de cuando ella era pequeña y papá le ayudaba a treparse de los árboles.
Aún dormía tía Carla. Contesté el teléfono, mamá se sorprendió de que estuviera despierta tan temprano, le dije que no podía dormir y agregué maquinalmente “¿Y papá?” El silencio al otro lado del auricular fue interrumpido por un ruido extraño: un sollozo. “Mamá podrías traer ese helado de vainilla y fresa que le gusta a papá y lo comemos juntas, por fa”. Mi madre afirmó naturalmente y cortó.
Tía Carla me sirvió un pedazo de torta de chocolate, insistió que debía ser fuerte y una buena niña. Le pregunté por mamá; respondió que volvería por la mañana. No pude preguntarle por mi padre. Me quedé dormida a su lado mientras me contaba historias de cuando ella era pequeña y papá le ayudaba a treparse de los árboles.
Aún dormía tía Carla. Contesté el teléfono, mamá se sorprendió de que estuviera despierta tan temprano, le dije que no podía dormir y agregué maquinalmente “¿Y papá?” El silencio al otro lado del auricular fue interrumpido por un ruido extraño: un sollozo. “Mamá podrías traer ese helado de vainilla y fresa que le gusta a papá y lo comemos juntas, por fa”. Mi madre afirmó naturalmente y cortó.
Mi padre murió cuando tenía doce años por una afección cardiaca. Desde entonces prefiero ir el día de mi cumpleaños, sola, a visitarlo; con el tiempo mi familia se ha dado cuenta que compro helado de vainilla y fresa y que cada año lo como lentamente sobre el césped del cementerio.